Filósofo Lioso: El telegrama

Querido Carmona. Espero que a la recepción de esta carta te encuentres bien, yo sigo estando bien, a pesar del peso de los años que, aunque transcurren dentro de una cierta bondad, siempre reclaman su participación en la vida. Con todo, sigo buscando el momento de mandarte algunas letras que sigan uniendo nuestra amistad.

Resulta que, en aquellos tiempos en los que solíamos charlar iba yo a pasar una temporada a casa de mi abuela. Esos días me servían para disfrutar del calor familiar, del ambiente y del cuidado que tenían con el nieto que estaba creciendo; al final no mucho, pero, la talla fue lo suficientemente generosa conmigo para darme la oportunidad de conocernos. Esto me hace recordar aquellas rebanadas de pan de pueblo untadas en manteca colorá y adornada, de vez en cuando, con unos sabrosos trocitos de lomo.

Pues, como te iba diciendo, me marchaba a la casa de mi abuela donde, además de lo que te he dicho, no tenía más que hacer que leer, hablar con mis tíos y pasar las tardes con mis amigos. En la calurosa hora de la siesta el silencio, en el pueblo, se hacía notar, solo, en algunos momentos, me llegaba el delicado sonido de un repetido y monótono tac, tac…Todos sabíamos que era aquello, y era aceptado con, yo diría, hasta cierta curiosidad, era el sonido del telégrafo que traía noticias de otros lugares. Siempre, después, se esperaba la llegada de un pequeño sobrecito de color azul que contenía entre sus delgadas hojas el tesoro de la noticia.

La curiosidad por la tecnología ha sido una constante en mi vida por lo que aquel repetido sonido me atraía fuertemente. Algunas tardes la rotura del silencio de la siesta era para mí tan intrigante que, dejando la casa de mis abuelos, me acercaba al lugar al que llegaban y salían las noticias, transformando los repetidos tic tac en palabras. La puerta del lugar misterioso siempre estaba cerrada pero de una ventana, con una hoja medio abierta, salía el sonido o mejor la información; por el hueco de la ventana era posible observar, en la penumbra de la habitación, el campo de trabajo, dominio del telegrafista, que encerraba multitud de secretos. Nunca me atreví a pasar más allá de mirar por la ventana, con cierto temor y cuidado, ¡era la casa del telegrafista! Él estaba trabajando y para mi aquel tranquilo ambiente me producía un gran respeto.

Fuente Wikipedia

Esto es, querido Carmona, un trocito de recuerdo que creo fue importante para mi cultura. Valoraba el entorno cuidadoso en el que trabajaba un señor, con el que nunca hablé, su dedicación, cuando la mayoría del pueblo descansaba, y, sobre todo, me intrigaba cómo aquella máquina era capaz de transformar una señal en palabras.

Debemos hoy reconocer, mi buen amigo, que las cosas han cambiado de forma rotunda, el telegrama al que me refería ha desaparecido y ha sido sustituido por lo que llaman teléfonos inteligentes. La verdad que no sé por qué le llaman teléfonos porque me parece a mí que la gente lo utiliza más para hacer fotos que para hablar. Una de sus principales aplicaciones es el mandar cortos mensajes de texto similares a nuestros queridos telegramas. Verás que la gente anda por la calle con el teléfono en la mano escudriñando su pequeña pantalla para leer u oír el último mensaje que, desde la cercanía u otro lugar del mundo, le mandan.

Claro que no voy a ir en contra de esa mejora de la tecnología y las comunicaciones; lo que quizás tengo que señalar es que el encanto de mandar un telegrama, leerlo, conservarlo o romperlo, según el impacto de la noticia, ha desaparecido; podemos pensar con nostalgia de un tiempo o situaciones pasadas, pero, pienso yo, ¿es malo? Cuando relato estas cosas a gente menuda suelo contar con activa audiencia, muestra, probablemente, de su interés por conocer esas cosas por la que yo les muestro mi nostalgia.

Junto a lo anterior tengo, también , que reconocer que el cambio ocurrido en la sustitución de nuestro querido telegrama, ahora lo llamamos mensajes, es tan brutal que, en aras de la modernización, ha cambiado el comportamiento de la sociedad. Ahora se utilizan los mensajes para cualquier cosa : para enviar una receta de cocina, el último resultado de tu equipo favorito, o un video con las bromas que ha sufrido cualquier persona, casi con seguridad desconocida. Creo que los mensajes se han trivializado desplazando, pienso, a las llamadas telefónicas, y sacrificando el poder oír la voz de tu interlocutor, perdiendo la rica información que junto al mensaje oral se encuentra: alegría, angustia, urgencia, dolor, cariño o el sonido de un bonito beso, han casi desaparecido.

Cuídate estimado Carmona, espero que con estas letras hayas recibido también el gran cariño con el que envuelvo, para ti mi querido amigo, mis letras. Yo, por mi parte, seguiré disfrutando de cada chupadita que me toca dar al caramelito del día de hoy. La bolsa que me dieron cuando nací pesa, presiento yo, bastante menos, pero, lo fantástico es que nunca se sabe cuándo se acabarán.

Tuyo siempre

Filósofo Lioso

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